Un cuerpo que gritaba lo que yo no sabía expresar
Durante años viví con una sensación constante de autoexigencia, de tener que ser perfecta, de inseguridad, miedo, culpa y vergüenza, hasta que un episodio especialmente duro me paralizó. Recuerdo cómo, sin saber cómo sostener lo que estaba viviendo, me desconecté. Como si lo que sentía fuera demasiado para poder habitarlo.
Poco después llegó el diagnóstico de “colitis ulcerosa”, una enfermedad inflamatoria intestinal. Y no fue casual. Venía de una vida marcada por el miedo, la represión emocional y la sensación de que no estaba bien ser como era. Ese episodio fue el detonante, pero no el origen.
Desde pequeña, mi cuerpo ya hablaba: amigdalitis recurrentes, urticaria, alergias, asma… Un sistema inmune debilitado que tratábamos como algo puntual, sin entender qué quería contarnos.
Hoy entiendo, como dice el doctor Gabor Maté, que muchas enfermedades no nacen solo en el cuerpo. Nacen también en el alma. En los silencios, en las exigencias, en el rechazo hacia una parte de nosotros mismos.
Y así empezó todo para mí: intentando entender por qué había enfermado y sumergiéndome sin freno en todas las capas posibles del cuerpo y el alma.
De paciente a exploradora
Descubrí patrones de conducta tan automáticos como dañinos. Juegos relacionales, roles asumidos sin cuestionar, vínculos que me desgastaban. Y a la vez, me sumergí en el estudio de la salud: ¿qué necesita el organismo realmente para estar bien?
Exploré diferentes formas de alimentación —macrobiótica, ayurveda, paleo, alimentación evolutiva— y las viví en mi propio cuerpo. Estudié, me formé, me equivoqué, integré… y me quedé con lo mejor de cada una según mis etapas.
También me adentré en lo emocional, lo energético, en sistémica y transgeneracional, en biodescodificación y el estudio del cuerpo como vía de expresión de todo aquello que cargamos o callamos. Me pregunté: ¿Qué cargas no eran mías? ¿Qué dolores venían de antes?
Fue un proceso profundo, emotivo y revelador.
Volví al baile y al deporte. Volví a las pistas. Volví a mí.
Ese camino me llevó de lo práctico —formaciones culinarias, cambios de hábitos— al estudio profundo: nutrición clínica, psiconeuroinmunología, patologías digestivas, enfermedades autoinmunes, cáncer, nutrición deportiva…
Y sigo aprendiendo, porque este camino no termina nunca.
La clave: integrar
La sanación no vino de una sola cosa.
Vino de integrar.
De escuchar, de mirar adentro, de reconstruir.
Y cuando me alejo de esa coherencia, mi cuerpo vuelve a hablar.
Pero ahora lo escucho antes de que grite.
De lo vivido a lo compartido
Sin buscarlo, mi camino personal se convirtió en vocación. No fue un plan: fue un impulso natural. Me dedico a esto porque, si yo pude entender mi historia y mi enfermedad, sé que otras personas también pueden hacerlo. Y quiero acompañarlas en ese proceso.
No creo en la salud perfecta ni en los cuerpos ideales.
No creo en la dieta perfecta.
Creo en el equilibrio.
Creo en la conexión con uno mismo.
Creo en mirar el cuerpo como lo que es: un reflejo de todo lo que vivimos, sentimos y sostenemos.
Acompaño desde ahí: desde lo que aprendí, desde lo que sigo descubriendo, desde el respeto profundo a los ritmos de cada persona.
Y si algo intento transmitir, es esto:
el cuerpo no necesita perfección, necesita escucha. Y cuando empezamos a escucharlo, empieza la transformación.
